Los días caen a cuentagotas, como siempre quisimos que cayeran, pero justo ahora hay apuro. Justo ahora tengo vértigo en las venas. El apuro nos mueve, nos despierta, nos marca y remarca la rutina que trae lo lento: el grifo de la canilla con pérdidas infinitas, las noches todas iguales que pronto añoraremos y ahora nos parecen pueriles, esos sonidos lejanos de balcón a balcón, los mismos programas, las mismas puertas que se abren y cierran, la sensación de absurda estabilidad en un mundo que gira y gira en el vacío; un vacío que nos gana poco a poco la batalla...
Dejamos la ciudad, la urbanidad, este lugar que nos abraza. Todos dejamos la ciudad. Nos la llevamos a cuesta porque nunca podremos olvidarla. El aire será distinto, las miradas otras, las cruces, los fantasmas, el amor, las muertes que dejamos. El cielo y sus nubes se verán también distintos. Todo cambia. Hasta la velocidad que tienen las cosas que nos rodean.
Dejamos la ciudad.
Nada es para siempre.
Que no suene a despedida, pero nos tenemos que ir...
Nada es para siempre.
Que no suene a despedida, pero nos tenemos que ir...
