Saer me hace viajar; sentado en el lugar que esté sentado yo viajo. Voy y vengo, imagino esos detalles que tan bien describe, me entrevero entre las letras, me ahogo con las palabras y los paisajes, me dejo llevar por la representación del lenguaje que se vuelve tan real que transporta. Cuando leo calor, sudo, cuando habla del amanecer -y muchos de sus libros surcan el amanecer y/o el atardecer- veo esas imágenes únicas de horas en donde lo real está más que nunca penetrado por lo imaginario. El atardecer como la mejor hora para recordar el amanecer, y viceversa. Atardecer/Amanecer como la mejor hora para leer y dejarse ir.Parece que en 'Nadie nada nunca' el espacio se va construyendo despacio, al detalle. El tiempo va y viene y no sólo depende de las páginas que leemos. Parece que algo de 'El limonero real' reaparece y es aquí donde se fundan las zonas, esos lugares donde sus libros transcurren (copio ésta última idea de la contratapa)


