El ejercicio de releer es muy cruel; entre otras cosas muestra la fragilidad de la memoria. También podemos apreciar en mayor medida la enorme cantidad de universos que contiene un libro. Libros dentro de libros cual muñecas rusas. Libros como grandes ciudades imposibles de recorrer en su totalidad. Podremos pasar por sus calles pero difícilmente captemos todos sus detalles: los rincones inhóspitos, las esquinas peligrosas, las casas abandonadas, las plazas atardecidas. Y así los libros leídos pasan a formar parte del extraño club de los libros por releer. La mayoría no tendrán esa suerte, sólo unos pocos contarán con el privilegio de volver a ser recorridos.
Pero el proceso de relectura también trae aparejado algo intenso: volver a visitar los paraísos perdidos; lugares donde estuvimos una vez, hace mucho tiempo y del que guardamos los mejores recuerdos. Por eso volvemos, para revivirlo; eso es la mejor forma de releer un libro.
Todo esto viene a cuenta de que volví a los 'Jardines de Kensignton'. Le regalé ese libro a un amigo. Unos días después lo saqué de mi biblioteca y me zambullí en sus páginas. Lo terminé en 3 días, porque otro privilegio que tienen los libros ya leídos es su velocidad. Vuelan en nuestras pupilas.
Una línea de Fresán desde Kensington Gardens quedó flotando en mi cabeza -una entre tantas, una aguja en un pajar-:
"Hay algo terrible en el hecho de poder comparar los recuerdos de una infancia con la evidencia incontrastable de lo que ocurrió entonces...".
Algo de eso hay en las relecturas; no tienen el sabor de la primera vez, nunca más lo recuperaremos -infancia hay sólo una-, pero quedan esas chispas que vuelven de cuando en cuando, de renglón en renglón, para recordarnos que en otros tiempos fuimos otros y estuvimos ahí. Tuvimos nuestra infancia, aunque ya no queden demasiados rastros visibles de ella.
Igual pasa con los libros; por fuera suelen no dejar marcas. Pero que están, están.
