lunes 25 de enero de 2010

Releyendo

El ejercicio de releer es muy cruel; entre otras cosas muestra la fragilidad de la memoria. También podemos apreciar en mayor medida la enorme cantidad de universos que contiene un libro. Libros dentro de libros cual muñecas rusas. Libros como grandes ciudades imposibles de recorrer en su totalidad. Podremos pasar por sus calles pero difícilmente captemos todos sus detalles: los rincones inhóspitos, las esquinas peligrosas, las casas abandonadas, las plazas atardecidas. Y así los libros leídos pasan a formar parte del extraño club de los libros por releer. La mayoría no tendrán esa suerte, sólo unos pocos contarán con el privilegio de volver a ser recorridos.
Pero el proceso de relectura también trae aparejado algo intenso: volver a visitar los paraísos perdidos; lugares donde estuvimos una vez, hace mucho tiempo y del que guardamos los mejores recuerdos. Por eso volvemos, para revivirlo; eso es la mejor forma de releer un libro.

Todo esto viene a cuenta de que volví a los 'Jardines de Kensignton'. Le regalé ese libro a un amigo. Unos días después lo saqué de  mi biblioteca y me zambullí en sus páginas. Lo terminé en 3 días, porque otro privilegio que tienen los libros ya leídos es su velocidad. Vuelan en nuestras pupilas.
Una línea de Fresán desde Kensington Gardens quedó flotando en mi cabeza -una entre tantas, una aguja en un pajar-:
"Hay algo terrible en el hecho de poder comparar los recuerdos de una infancia con la evidencia incontrastable de lo que ocurrió entonces...".
Algo de eso hay en las relecturas; no tienen el sabor de la primera vez, nunca más lo recuperaremos -infancia hay sólo una-, pero quedan esas chispas que vuelven de cuando en cuando, de renglón en renglón, para recordarnos que en otros tiempos fuimos otros y estuvimos ahí. Tuvimos nuestra infancia, aunque ya no queden demasiados rastros visibles de ella.
Igual pasa con los libros; por fuera suelen no dejar marcas. Pero que están, están.

domingo 10 de enero de 2010

Sándor Márai - El último encuentro


Según Wikipedia Sándor Márai nació en Kassa (hoy Košice en Eslovaquia), una pequeña localidad del antiguo Imperio austro-húngaro. En su época escribió contundentes artículos en contra del nazismo y se declaró "profundamente antifascista", algo poco recomendable en la Hungría del momento. No obstante, su inmensa fama lo tuvo a salvo de represalias de calado.
Aunque Sándor Márai se destacó sobre todo por su obra narrativa, también escribió poesía, teatro y ensayo.
Su estrella empezó a apagarse con la ocupación soviética de Hungría y con el establecimiento del régimen comunista. Tildado de "burgués" por los comunistas, Márai abandonó definitivamente su país en 1948 y, tras una breve estancia en Italia, emigró a Estados Unidos.
La subsiguiente prohibición de su obra en Hungría hizo caer en el olvido a quien en ese momento estaba considerado uno de los escritores más importantes de la literatura centroeuropea. Así, habría que esperar varios decenios, hasta el ocaso del comunismo, para que este escritor fuese redescubierto en su país y en el mundo entero. Márai se quitó la vida en 1989 en San Diego, California, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín.