Rodrigo Fresán advierte desde la contratapa:
"Murakami -al igual que los Beatles- produce adicción, provoca numerosos efectos secundarios y su modo de narrar tiene algo de hipnótico y opiáceo"
No puedo más que coincidir.
"Norwegian Wood (Tokio Blues)" es mi primera vez con Murakami, y fue un gran debut. Un libro que fluye de manera natural, que se hace/deja leer, que logra lo que sólo logran los buenos libros: hacerte vivir en sus páginas. Por algunas semanas yo viví en Tokio, metido en una historia que no es sólo una historia de amor, sino que dentro de esa historia hay muchas cosas más -como sucede cada vez que se ahonda en las vidas humanas: ¡alegrías y miserias por doquier!"Todo el mundo en la ciudad, es un suicida..." decía Charly García allá por 1989. Y algo parecido tiene "Norwegian Wood (Tokio Blues)". Un puñado de encantadores suicidas, una musicalidad que fluye desde la guitarra de la sabia Reiko Ishida, música que sale también desde las palabras de Naoko y sus felaciones, desde la locura animada de la encantadora Midori. Uno termina el libro y se siente cerca de esas personas, siente que las conoce casi perfectamente -y esa es otra capacidad que tienen los buenos libros: transmiten cercanía, te llevan al mismo lugar de los hechos-.
También hay mucha poesía. Toru Watanabe -su protagonista y narrador- es, antes que nada, un GRAN narrador, un nostálgico.
"Norwegian Wood (and the bird has flown)" es el título completo de la canción de los Beatles que aparece en 'Rubber Soul'. Y hay mucho de esa canción en el libro, desde ser la canción favorita de algunos personajes, hasta analogías con situaciones precisas de la letra.
"Cuando uno está rodeado de tinieblas, la única alternativa es permanecer inmóvil hasta que sus ojos se acostumbren a la oscuridad" aparece escrito por ahí. El lector de éste libro, quien probablemente venga intoxicado de unos días vertiginosos y agitados, puede encontrar en estas páginas las tinieblas, el mismo relajo metido en una gran historia. Basta quedarse quietos, leer cada palabra y dejar que los ojos se acostumbren al ritmo que propone Haruki Murakami.
El cuerpo lo agradecerá, y la cabeza habrá volado lejos.

