Vanina leyó la nota de Saramago y su nuevo libro Caín. Vanina no sabe si creer o no creer todavía, es más, no sabe si alguna vez llegará al final de ese embrollo. Está un poco cansada de las dicotomías: ser o no ser, blanco o negro, creer o no creer, pecado o no. Vanina me cuenta que lo que más le impactó de lo que leyó de Saramago en esa entrevista, tenía que ver con la negación de Dios.
-Saramago es ateo Vanina, es lógico que niegue la existencia de Dios. ¿No te parece?.
-Ya sé que es ateo, pero me sigue impresionando que a su edad, aunque sea para exaltar un poco la belleza de la credulidad, se niegue a creer. Mirá lo que dijo.
Vanina me pasa el diario. Leo:
"Tengo asumido que Dios no existe, por tanto no tuve que llamarlo en la gravísima situación en que me encontraba. Y si lo llamara, si de pronto él apareciera, ¿qué tendría que decirle o pedirle, que me prolongase la vida?" Y continúa Saramago: "Moriremos cuando tengamos que morir. A mí me salvaron los médicos, me salvó Pilar (su esposa y traductora), me salvó el excelente corazón que tengo, a pesar de la edad. Lo demás es literatura, y de la peor".
No puedo dejar de pensar que Vanina tiene algo de razón cuando me habla de la belleza de la credulidad, aunque también se que la mejor forma de llegar a la muerte es con las botas puestas y los dientes apretados. Vanina evoca la belleza…yo miro sus ojos, siento su presencia, carraspeo y pienso en ella antes que en Dios o Saramago. Pienso en ella como el mejor justificativo de la existencia.
Por la noche recuerdo solitario aquella charla con Vanina, me río porque siento que Dios existe cuando pienso en ella, y que ese mismo Dios se me evapora y desaparece sin dejar rastros -más que un aire un tanto más húmedo- cada noche, cuando cierro los ojos. Ahí estoy solo, no tengo dudas.