En el Subsuelo
viernes 24 de julio de 2009
Una habitación oscura. Sueños brotando como el humo que sale de tu boca. Alguien habla del dolor, dice que lo tiene atrapado en un puñado de fotos; enseguida recuerdo aquel atardecer, viajando, cuando el sol que escapaba por entre las nubes generaba una estampita perfecta, de esas absurdas e inútiles estampitas religiosas.
El ambiente adentro de la habitación está pesado mientras la charla discurre perezosa. Nadie va a encender las luces, ¿para qué? Las cabezas zumban agobiadas, puedo sentirla, puedo sentirlas.
De golpe el sillón me chupa, siento que me traga; ya no veo a los demás, me fui sin avisar y sin saludar. Dejé la habitación y bajé ¿Donde estoy?.
Esto parece un ring de boxeo. Escucho risas por todas partes. Ya no brotan sueños, ya no hay caras, hay niebla y el olor es nauseabundo. Casi no puedo respirar. ¿Estaré muriendo?, ¿ya habré salido al ring?. De repente entre la oscuridad aparece algo: es una sonrisa despegada de su cara, ¿de que cara?. Viene hacia mi, trepa por mi pierna derecha, llega a mi cuello y se me mete en la boca como una daga -no me corta, me brota-. Salgo a flote, el sillón me expulsa de nuevo hacia la habitación:
"¿Por qué los hombres no iban a pensar en matarse?" digo ahogado en carcajadas, mientras todos miran extrañados mi risa cruda que viene de otros mundos.
Me levanto, le digo: "¿Venís conmigo?. Juntá los cigarrillos".
Y nos vamos a tomar unas copas solos, tratando de explicarnos la existencia y de darle un poco de luz, aunque sea, a un barato cenicero de bar.
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El ambiente adentro de la habitación está pesado mientras la charla discurre perezosa. Nadie va a encender las luces, ¿para qué? Las cabezas zumban agobiadas, puedo sentirla, puedo sentirlas.
De golpe el sillón me chupa, siento que me traga; ya no veo a los demás, me fui sin avisar y sin saludar. Dejé la habitación y bajé ¿Donde estoy?.
Esto parece un ring de boxeo. Escucho risas por todas partes. Ya no brotan sueños, ya no hay caras, hay niebla y el olor es nauseabundo. Casi no puedo respirar. ¿Estaré muriendo?, ¿ya habré salido al ring?. De repente entre la oscuridad aparece algo: es una sonrisa despegada de su cara, ¿de que cara?. Viene hacia mi, trepa por mi pierna derecha, llega a mi cuello y se me mete en la boca como una daga -no me corta, me brota-. Salgo a flote, el sillón me expulsa de nuevo hacia la habitación:
"¿Por qué los hombres no iban a pensar en matarse?" digo ahogado en carcajadas, mientras todos miran extrañados mi risa cruda que viene de otros mundos.
Me levanto, le digo: "¿Venís conmigo?. Juntá los cigarrillos".
Y nos vamos a tomar unas copas solos, tratando de explicarnos la existencia y de darle un poco de luz, aunque sea, a un barato cenicero de bar.
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