Una habitación oscura. Sueños brotando como el humo que sale de tu boca. Alguien habla del dolor, dice que lo tiene atrapado en un puñado de fotos; enseguida recuerdo aquel atardecer, viajando, cuando el sol que escapaba por entre las nubes generaba una estampita perfecta, de esas absurdas e inútiles estampitas religiosas.
El ambiente adentro de la habitación está pesado mientras la charla discurre perezosa. Nadie va a encender las luces, ¿para qué? Las cabezas zumban agobiadas, puedo sentirla, puedo sentirlas.
De golpe el sillón me chupa, siento que me traga; ya no veo a los demás, me fui sin avisar y sin saludar. Dejé la habitación y bajé ¿Donde estoy?.
Esto parece un ring de boxeo. Escucho risas por todas partes. Ya no brotan sueños, ya no hay caras, hay niebla y el olor es nauseabundo. Casi no puedo respirar. ¿Estaré muriendo?, ¿ya habré salido al ring?. De repente entre la oscuridad aparece algo: es una sonrisa despegada de su cara, ¿de que cara?. Viene hacia mi, trepa por mi pierna derecha, llega a mi cuello y se me mete en la boca como una daga -no me corta, me brota-. Salgo a flote, el sillón me expulsa de nuevo hacia la habitación:
"¿Por qué los hombres no iban a pensar en matarse?" digo ahogado en carcajadas, mientras todos miran extrañados mi risa cruda que viene de otros mundos.
Me levanto, le digo: "¿Venís conmigo?. Juntá los cigarrillos".
Y nos vamos a tomar unas copas solos, tratando de explicarnos la existencia y de darle un poco de luz, aunque sea, a un barato cenicero de bar.
El ambiente adentro de la habitación está pesado mientras la charla discurre perezosa. Nadie va a encender las luces, ¿para qué? Las cabezas zumban agobiadas, puedo sentirla, puedo sentirlas.
De golpe el sillón me chupa, siento que me traga; ya no veo a los demás, me fui sin avisar y sin saludar. Dejé la habitación y bajé ¿Donde estoy?.
Esto parece un ring de boxeo. Escucho risas por todas partes. Ya no brotan sueños, ya no hay caras, hay niebla y el olor es nauseabundo. Casi no puedo respirar. ¿Estaré muriendo?, ¿ya habré salido al ring?. De repente entre la oscuridad aparece algo: es una sonrisa despegada de su cara, ¿de que cara?. Viene hacia mi, trepa por mi pierna derecha, llega a mi cuello y se me mete en la boca como una daga -no me corta, me brota-. Salgo a flote, el sillón me expulsa de nuevo hacia la habitación:
"¿Por qué los hombres no iban a pensar en matarse?" digo ahogado en carcajadas, mientras todos miran extrañados mi risa cruda que viene de otros mundos.
Me levanto, le digo: "¿Venís conmigo?. Juntá los cigarrillos".
Y nos vamos a tomar unas copas solos, tratando de explicarnos la existencia y de darle un poco de luz, aunque sea, a un barato cenicero de bar.
