Hace un tiempo ya, en varios escritos, estuve buscando la felicidad -por partes- . Pero un par de noches atrás leyendo un cuento de Abelardo Castillo volví a encontrarla, y sé que una parte de ella permanecerá encerrada entre esas páginas, en esas letras.
El cuento en cuestión abre 'Las maquinarias de la noche' y Castillo en el prólogo del libro escribe:
Un tipo generoso Castillo. Un escritor brillante que despunta en "Carpe diem" pasajes tan exquisitos que recuerdan al lector algunas cosas: como que ahí afuera hay tipos geniales que todavía se sientan en soledad a escribir sus mundos interiores, y sobre todo que los libros muchas veces causan un placer inexplicable. Imposible de encontrar en otros ámbitos.
En un pasaje del cuento, el personaje que relata la historia (el hombre que tenía cara de cansancio) dice: "...hay cosas que deben creerse, no entenderse. Intentar entenderlas es peor que matarlas."
Por eso no sé si fue la fiebre -que me estaba castigando duro esa noche-, una leve tormenta que cambió la electricidad en el aire, o la confusión que me produce cada medianoche, pero al terminar de leer "Carpe diem" yo era un hombre feliz, tan feliz que parecía levitar, tan feliz que me olvidé del resto de las cosas y sólo me dediqué a creer que esa noche había leído el mejor de los cuentos.
Por la mañana desperté: 38.8 de fiebre. Igual ya no me importaba.
Ahora lo escribo yo: Carpe diem


