Carpe diem

domingo 26 de abril de 2009

Hace un tiempo ya, en varios escritos, estuve buscando la felicidad -por partes- . Pero un par de noches atrás leyendo un cuento de Abelardo Castillo volví a encontrarla, y sé que una parte de ella permanecerá encerrada entre esas páginas, en esas letras.
El cuento en cuestión abre 'Las maquinarias de la noche' y Castillo en el prólogo del libro escribe:
"Carpe diem se publicó en una antología española donde debí resumir su sentido. Digo lo mismo que dije. Para un autor, la explicación de un texto propio y ese texto son necesariamente una misma cosa. Las muchas lecturas de una ficción pertenecen al lector; no al autor, para quien lo que ha hecho tendrá siempre la oscuridad de lo enigmático o la pobreza de lo evidente. Un hombre cuenta a otro una historia de amor: la historia es fantástica, milagrosa o imposible. Hasta donde yo sé, eso es lo que escribí. me dicen que  'Carpe diem' admite otra interpretación, más realista. Seguramente. No podemos articular una sola palabra que no sea espejo o símbolo del mundo real."

Un tipo generoso Castillo. Un escritor brillante que despunta en "Carpe diem" pasajes tan exquisitos que recuerdan al lector algunas cosas: como que ahí afuera hay tipos geniales que todavía se sientan en soledad a escribir sus mundos interiores, y sobre todo que los libros muchas veces causan un placer inexplicable. Imposible de encontrar en otros ámbitos.
En un pasaje del cuento, el personaje que relata la historia (el hombre que tenía cara de cansancio) dice: "...hay cosas que deben creerse, no entenderse. Intentar entenderlas es peor que matarlas."
Por eso no sé si fue la fiebre -que me estaba castigando duro esa noche-, una leve tormenta que cambió la electricidad en el aire, o la confusión que me produce cada medianoche, pero al terminar de leer "Carpe diem" yo era un hombre feliz, tan feliz que parecía levitar, tan feliz que me olvidé del resto de las cosas y sólo me dediqué a creer que esa noche había leído el mejor de los cuentos.
Por la mañana desperté: 38.8 de fiebre. Igual ya no me importaba.
Ahora lo escribo yo: Carpe diem 

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Gran libro

sábado 18 de abril de 2009


Por Liniers

Estoy triste. Terminé -más tarde que temprano y después de un laberinto editorial tan grande como el personal- con Arturo Belano y Ulises Lima -no me olvido más esos nombres-. ¿Ficción o realidad?
¿Podés entender lo que significa el final?
Mientras tanto, Bolaño se ríe desde una nube -de humo- en un abril tan húmedo que dan ganas de que sea junio. 

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Mi cuerpo es una celda

sábado 11 de abril de 2009

Alberto Fuguet fue uno de los que me enseñó que no sólo la tierra tiembla; también tiemblan los libros. Eso lo aprendí en 'Las películas de mi vida'.
Hace poco, Fuget editó otro libro: 'Mi cuerpo es una celda', una especie de autobiografía pero no suya, sino del escritor colombiano  Andrés Caicedo. 'Mi cuerpo es una celda' es esencialmente un libro hecho de retazos, o como dice la misma portada: "dirigido y montado" por Fuguet; pero las palabras las pone todas Caicedo. En la reseña se puede leer lo siguiente:
El 5 de marzo de 1977, horas después de recibir por correo el primer ejemplar de '¡Que viva la música!', la novela que se transformaría en el libro de culto colombiano por excelencia, Andrés Caicedo tomó sesenta seconales. Murió recostado sobre su máquina de escribir. Tenía 25 años.
Treinta y un años después, Caicedo regresa para salir de su Cali natal y enfrentar al mundo como el escritor-cinéfilo que siempre quiso ser.
Aprovechando una impresionante cantidad de cartas y anotaciones inéditas, Fuguet "dirige y monta" un libro póstumo que parece haber sido escrito con la furia y la urgencia de la vida.
Esta particular autobiografía es una suerte de documental narrado en primera persona que registra, en forma fragmentaria, lo que Caicedo mismo vivió, sintió y vio.
O quizás sea una novela, una novela de no ficción. Andrés Caicedo quiso y buscó la fama literaria y cinematográfica. No dejó un testamento legal. Esta es una carta de despedida.
 
El colombiano Andrés Caicedo en 'Que viva la música' escribió algo referido a que el hecho de vivir más allá de los 25 años era una vergüenza. Así que -como hombre de acción- no quiso errarle a su destino y esos 60 seconales que tomó aquel marzo de 1977 lo durmieron para siempre, pastillas más pastillas menos.
Fueguet comenta, en una nota para el diario 'La Tercera' de Santiago de Chile que Caicedo: "...era mucho menos el rockero que los colombianos quieren, y más un intelectual. Un nerd súper atormentado. Tenía desequilibrios, angustia de vivir. No estaba cómodo en la vida. Tenía problemas con mantenerse de pie. Y tenía que escribir para sobrevivir. Se mató porque vio demasiado”
 
Supongo que leer 'Mi cuerpo es una celda' como si fuera una novela de ficción ayudará más a entender algo de lo mucho que quiso dejar por escrito Andrés Caicedo. Quizá porque -como dijo Fuguet- Caicedo vio demasiado, y a escritores así es preferible no leerlos con los pies sobre la tierra. Es mejor dejarse llevar por el texto livianos, listos para los sacudones, como vapuleados por un sueño o por cualquier terremoto que, por repentino y voraz,  te mueve todos los cimientos y abre las puertas de las celdas.
Y de eso no hay vuelta atrás.
¿No es así Andrés?

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¿Crucifícame?

jueves 9 de abril de 2009


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George Steiner - Los libros que nunca he escrito

jueves 2 de abril de 2009

Hace poco en SUEÑOS A PILA citaba a George Steiner (ver 'Cambalache ').

Steiner es un señor grande ya, pero parece estar parado ajeno al tiempo, en algún lugar que está más allá, un lugar vital que no envejece. Supongo que ese lugar está cimentado por los pensamientos, por las ideas. Podría entenderse como el paraíso de la mente que morirá con nosotros; esos juegos que juegan las ideas en la cabeza de cada uno, tan íntimos y propios. 
Hace tiempo atrás leí una entrevista a Steiner donde, entre otras cosas, presentaba su nuevo libro 'Los libros que nunca he escrito'. En un momento la entrevista giraba en torno al concepto de 'preguntas inquietantes'.
- Así que se han escandalizado…
GS: Sí, muchos. Nunca se ha preguntado nadie cómo es la vida sexual de un sordomudo. Lo han hecho acerca de la de los ciegos, pero jamás sobre la de los sordomudos.
- Una pregunta inquietante.
GS: Porque las preguntas importantes muchas veces son inquietantes. Hay un comentario bellamente desagradable de Heidegger sobre por qué la ciencia resulta tan aburrida. Él dijo que era porque sólo tiene respuestas.

Seguramente 'Los libros que nunca he escrito' será un libro de esos que vale la pena leer, y volver a releer No por el escándalo, sino por los disparadores sobre nuestra propia cultura y realidad existencial que puede generar. Que un libro te desate algunas preguntas inquietantes más que las respuestas que pueda darte, ya es todo un logro, porque plantea un camino, no sólo un destino.
Copio debajo otra parte de la entrevista en donde se menciona la idea de 'fracaso', como para poder siquiera vislumbrar la velocidad y dirección en que trabajan mentes como la de George Steiner, y también para desmitificar el hecho de envejecer. Está claro que nuestras cabezas -y sobre todo cabezas como la de Steiner- nunca envejecen, sólo nacen y -en muchos casos generando una pérdida colosal- mueren.
-Pero lo que usted ha escrito no es sólo un ensayo; es algo más autobiográfico.
GS: A mí me gusta llamarlo ficciones. Borges consideraba que las ficciones eran verdades. Pero también son verdades imaginarias.
- Al leer este ensayo en particular, ‘Los lenguajes de Eros’, uno podría pensar que usted no tiene ningún pudor, ningún miedo a las posibles consecuencias.
GS: ¡Por eso no escribí el libro, ja, ja! Escribí un ensayo, siete ensayos en lugar de siete libros. Estoy a punto de cumplir los ochenta años, y como no estoy para escribir siete libros, escribí ensayos sobre lo que me hubiera gustado escribir y por qué no lo hice. La mejor definición de la vida la hizo Samuel Beckett: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Yo quise fracasar mejor, y es lo que intento decir con este libro.

Palabras de un genio vital.

Leer Entrevista completa en Diario 'El País'
Leer Fragmento de 'Los libros que nunca he escrito'

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