Pequeños vericuetos de un domingo
domingo 3 de mayo de 2009
Para escaparle a las penas apenas pasada la siesta de un domingo cualquiera, es aconsejable apagar los ruidos aunque sea por un rato. Ya volverán. Entonces dejarse llevar por las sombras enanas de los jardines, por cordones y veredas que se enroscan. Llegar a un lugar lejano fácilmente reconocible, años por delante, pero que apenas podremos vislumbrar y es posible que nunca visitemos realmente. El lugar está atascado en algún punto del futuro para ser revisado. En él hay un horizonte y poco más (palmeras, un túnel y algo de viento sur). Justo cuando el aletargamiento gana las piernas del augurio fútil -porque es como el humo que siempre se está yendo- un chasquido de dedos, un crack que proviene del centro justo del cerebro, un reflejo químico que se desprende de vaya uno a saber que receptor nervioso y genera algo parecido a la esperanza.
(Todo ha desaparecido)
Por eso el sueño no ganará / nunca gana la partida; porque justo antes de llegar entreabriremos los ojos rojos que conviven con párpados ásperos y le daremos volumen a los sonidos para apagar el silencio con un balde de agua con forma de sol (la - re). Volvieron.
No hay más nada del otro lado del día. Y uno queda sentado en cualquier banco mirando otras sombras, refrescándose la cara con otros vientos. Sólo.
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