El hombre invisible

martes 3 de marzo de 2009

"Soy un hombre libre. He resuelto quedarme en Ginebra, porque Ginebra corresponde a los años más felices de mi vida. Mi Buenos Aires sigue siendo el de las guitarras, el de las milongas, el de los aljibes, el de los patios. Nada de eso existe ahora. Es una gran ciudad como tantas otras", sostenía Borges en la carta que envió a la agencia EFE un lejano ya 6 de mayo de 1986.

Da un poco de gracia que muchos estén más preocupados en repatriar los restos del gran escritor que en difundir y hacer llegar a la gente su magnánima obra. Es una lástima porque todos deberían leer a Borges en algún momento de su existencia y los que ya lo leímos -aunque su obra es infinita y las relecturas son necesarias e interminables- tendríamos que poner las energías en facilitar la "llegada a Borges". Un ejemplo pequeño, hasta el año pasado, una gran biblioteca de Córdoba apenas tenía algunos de sus libros. No creo que hoy la situación haya cambiado demasiado.

Ahora que están pensando en repatriar sus restos pregunto: ¿por qué -para muchos, no para todos por suerte- es tan difícil entender y respetar las decisiones de UNA persona? Permítaseme enfatizar 'UNA' para resaltar el carácter individual/indivisible de las personas, de las decisiones y la mayoría de las veces de la misma felicidad, que no habita en otro lado que en el interior de cada uno y florece por caminos disímiles, ilógicos muchas veces y siempre diversos. La muerte después se encargará de pulverizar casi todo, pero mientras tanto y cada vez que se pueda, estamos tomando decisiones sin brújulas intentando acercarnos a ese estado de ánimo complejo y escurridizo llamado felicidad. ¿Es tan difícil entender que todos tendemos a buscarla?. Borges encontró en sus últimos días en Ginebra algo que Buenos Aires no podía darle o que él mismo no estaba dispuesto a recibir. Quizá porque para Borges su Buenos Aires seguía siendo, como el mismo aclara "...el de las guitarras, el de las milongas, el de los aljibes, el de los patios". Ese Buenos Aires amanece y amanecerá por siempre en algunas de sus mejores páginas y es la misma ciudad que Borges no quiso matar. Prefirió morir en silencio, alejado, oculto...

Borges terminaba escribiendo sobre su estadía en Suiza, en la misma carta citada al comienzo:
"En Ginebra me siento extrañamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado, como cierto personaje de Wells, la determinación de ser un hombre invisible".

Por más libros de Borges en las bibliotecas y escuelas y menos fanfarria en los pasillos de las instituciones. "El hombre invisible" bien lo merece.

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