Control

miércoles 18 de julio de 2007

El lugar está aislado aunque bien podría estar en el centro mismo del mundo, mezclado entre nosotros. Después de las colinas quemadas por los incendios del último verano se levanta una prisión hecha con enormes pantallas. Cuatro pantallas rodean a los "prisioneros"; personas descuidadas, sucias, agresivas e impredecibles. Aquella prisión tiene sólo una salida en una de las esquinas y ningún guardia; no hacen falta, pocos pueden irse. Muchos, miles, millones de personas están encerrados allí; cada vez entra más gente; cada vez sacan muertos más tristes.
El lugar es insalubre; una nube de moscas lo sobrevuela y de él se desprenden los más intensos y asquerosos olores. No tiene techo, sólo las paredes que proyectan imágenes en forma permanente. Me acerco con mucho cuidado porque no quiero entrar, sólo observar. Escucho el zumbido intenso de las moscas y siento los humores primales que se desprenden de aquella masa de gente. ¡No somos libres! grita alguien desde el centro mismo de la multitud. Algunos piden silencio, muchos, la mayoría quizá, ni se enteraron que alguien dijo algo. Todos miran aquellas imágenes, pocos hablan, casi ni respiran, no estoy seguro que coman. ¡Tampoco son libres los que están afuera! retruca con firmeza un anciano que vive alejado unos metros de aquella multitud y que mira todo de reojo. El anciano parece haber estado allí desde siempre; tiene los ojos inyectados en sangre y una piel desgastada por la polución diaria de las pantallas. Las imágenes que se muestran son grotescas, crueles, cada vez más tristes. No hay pensamientos, no hay reflexión, nunca hubo coherencia: sólo imágenes. ¡Sí, quiero, quiero...! grita alguien que se abre paso entre la multitud...¡Sí quiero...!. Ese alguien llega justo al lado del anciano y saca un cuchillo, quiere matarlo. Rápidamente aparecen 4 jóvenes desde un rincón de aquella masa amorfa de gente y aislan al joven tomándolo de sus brazos; forman un círculo y en el interior del mismo, con golpes brutales, lo matan. Pronto las moscas y los perros hambrientos y rabiosos harán su propio festín cuando algunos saquen fuera de aquella prisión el cuerpo muerto que sin embargo conserva un rostro triste, frustrado, desencajado. Esas muertes suceden cada vez más a menudo.
El anciano sonríe alejado; el anciano suspira; el anciano saca su mano derecha del bolsillo de su campera y controla que todo esté en orden. Me doy cuenta luego que aquel anciano tiene un arma única, mínima, singular, necesaria y mortal: es dueño del control remoto.

2 COMENTARIO/S:

Maguila dijo...

Considero a la literatura toda como arte, el arte es belleza, a belleza subjetiva, por lo tanto me abstengo de realizar un juicio de valor sobre el texto, pero personalmente me impresionó y me encantó, es una excelente manera de simbolizar esa parte de la realidad cotidiana moderna, me encantó.

Anónimo dijo...
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