"Orientando la boca hacia el sur, empapado, sacando la lengua. Un aura misteriosa sucumbe delante de mis ojos y me dejo llevar, por unos segundos, hacia su mundo. Casi hice contacto, casi retuve aquellas chispas, pero al final..."
Son las seis de la tarde y estoy parado frente a una vía de tren solitaria, mirando eso -que es nada aunque todos crean que es todo- abrasarme, manosearme, estrujarme. Doy un paso atrás; siempre lo tengo guardado cuando busco respirar. De repente pasa ella, con su andar cansado, sus labios apurados y abiertos diciéndole algo en el oído a él: "Es parecido a eso" -dijo la rubia con todo su cuerpo- "¿Es parecido?" -se sorprendió él mirándola a los ojos- Se van, se alejan como si nunca hubieran pasado por ese lugar ni tuvieran nada que dejar atrás: puro hoy. Quizá hablaban de una playa, de algún club, de alguna película o por que no de los mutantes esos que de cuando en cuando aparecen por los barrios de la ciudad. Quizá no hablaban de nada, como la mayoría, y sólo estaban diciéndose cosas al azar, cosas tomadas de la misma boca del destino. Contemplando aquel pasar fugaz mis ojos profanos buscaron sus formas, retuvieron las más rubias, las imaginaron brotando por todas partes, se inundaron de groserías ante tanto esplendor. El corazón aumentó sus latidos, cada olor parecía ejercer un poder multiplicador, un sabor dulce se apoderó de mi boca y la imaginación desde mis ojos voló por los aires como empujada por la más lisérgica de las drogas. Lástima: lentamente todo acabó: las formas, las imágenes, el sabor. El mundo después de unos segundos volvía a girar como siempre, definido, envolvente, incómodo y arrepentido.
Dentro de mi esos segundos los sentí revolucionarios, quizá por la imposibilidad de reproducirlos nuevamente. Afuera, sin embargo, puedo afirmarlo: no pasó nada.
Son las seis y cinco de la tarde, hace calor en cada rincón de la ciudad. Sigo parado donde siempre, sacando la lengua como signo de irreverencia, como buscando respeto; lamiendo la misma nada.
Es parecido a eso.


